Todo, por una palmera

Ya había hablado con Sara, su madre, y entre otras cosas le advertí: -La cría que vaya mentalizada, nos a llevar un rato. ¡Qué lleve la merienda!-.

Lo cierto es que Erika vale su peso en oro, fue muy fácil trabajar con ella. Tengo predilección por las sesiones de comunión en exteriores. Aprovechamos al máximo la tregua que nos dio la lluvia y pudimos exprimir los únicos rayos de sol que se nos presentaron ese domingo. ¡Y es que esto es Asturias!. La luz era espectacular. Aquella hora y media de duración que teníamos prevista de sesión se nos alargó hasta casi tres horas. El tiempo se nos pasó volando. Mi labor consistió únicamente en “apretar el botón”, el resto fue cosa de ella.

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Comuniones | Erika

A toda la gente con la que tengo el placer de trabajar, les invito a que sean como ellos son. Es ahí cuando conseguimos nuestro propósito: no solo el mío, sino el de quien se pone delante del objetivo. Naturalidad ante todo. Aun más hablando de niñ@s. Y es que Erika se lo tomó como un juego. Ese día acabamos hasta metidos en el agua con el consentimiento de la madre: -¡Que se tire en la arena, que se meta en el agua. Tu tranquilo, el vestido se lleva a la tintorería!-. 

Ya empezaba a hacer frío. En el último de los disparos, su madre se ofreció a comprarle una palmera en el bar de la playa. Así que no íbamos alargarlo más.

Todo, por una palmera.

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